domingo, 23 de febrero de 2014

La piscina

     Nadar es el deporte más sano dicen los médicos y de los pocos que esa carretera secundaria que tengo por columna recibe con agrado. Así, en un acto de sentido de la responsabilidad y fuerza de voluntad me saqué un bono con treinta pases para la piscina municipal. Estaba dispuesta a superarme cada día añadiendo como mínimo 100 metros, o sea cuatro largos, a mi anterior marca. La primera vez que fui superé mis expectativas con creces. Después de todo el tocino flota. Mi pequeño triunfo me llenó de euforia y adrenalina. Por un momento fui Ariel, la Sirenita. Una vez sentada al volante de mi coche agradecí la dirección asistida, porque me invadió un tembleque de agotamiento que bajó mi autoestima otra vez a los niveles habituales y me hizo recordar los otros inconvenientes de mi proyecto de mejora de mi salud física:

     Cuando llegas a las instalaciones de la piscina, al entrar se siente mucho calor, lo que invita a desnudarse y ponerse el bañador. Pero una vez llevas puesto el bañador, las chanclas, el gorro y las gafas en lo alto de la frente, en disposición de quemar calorías y poner el cuerpo en forma, hay que recorrer un pasillo desde los vestidores hasta la entrada de las duchas previas al chapuzón, que a mi se me antoja húmedo y resbaladizo, pero sobre todo demasiado fresquito. Desde que sales del vestuario hay que luchar contra la temperatura externa para mantener a raya la propia temperatura corporal. Llegas hasta la ducha ya con los pezones como el timbre de un castillo. El agua resulta caliente sobre los pies encogidos del frío, pero sobre la espalda parece el agua de una cubitera de hielo. Encima no puedes gritar ni decir animaladas porque estás en un sitio público donde aparentemente todos están de buen rollo y buena gana y solo tu vas porque debes, no porque quieras.
     Caminas con tus chanclas mojadas con andares de pato para no resbalar hasta el banco de listones de pino. No te sientas, porque los listones de pino se incrustan en los muslos a los cinco segundos de poner tus posaderas en ellos, dejando unas antiestéticas rayas rojas horizontales y no hay porqué añadir más horror al espectáculo. Así que dejas la toalla moderna de microfibra, de las de “se acabó el frotar”, porque se pegan sobre el cuerpo como papel de cocina privándote del placer exfoliante de una buena toalla rasposa de rizo secada al sol, sobre el banco. 

      Te giras. Suspiras y miras a los bañistas como si fuera la primera vez que asistes a una reunión de alcohólicos anónimos: Soy Aidana y vengo porque tengo que nadar. Mis músculos están de adorno, mi esqueleto se desmonta, me muevo poco. Mea culpa. Pones cara de disimulo, le echas lo que hay que echarle, caminas hacia la piscina y lo ves todo a cuadros. La piscina es como una hoja excel en tres dimensiones. Las baldosas del suelo son celdas, las ventanas son celdas, las vigas del techo son celdas y las calles marcadas con cadenas de bolas de plástico del la piscina son celdas. Te sujetas a la escalera con la obligación auto-impuesta de rellenar las celdas con ejercicio. Columnas de estilos de natación, crowl, braza, espalda crowl, espalda braza. La de mariposa siempre se queda en blanco.

     El agua está fría y muy mojada. Me llega por las rodillas y el choque de temperatura que se avecina – mi vergüenza torera me impide salir corriendo aunque ganas no me faltan – no me resulta nada atractivo. Si es que no se me ha perdido nada en el agua. ¡Que yo soy de secano! ¿ Qué significa ese cono rojo en la cabeza de la calle? Ah, las calles de natación libre son las de cono verde. Salgo otra vez. Hay dos calles con cono verde. Una en medio y la otra en el lado opuesto a donde yo estoy. Me encamino con los pies chorreando y mucho cuidado de no resbalar hacia las calles disponibles. Todas están ocupadas por varias personas. Vaya, o nado o nada. A poner números en las celdas. 

     Aprovecho un hueco entre nadadores y me tiro de cabeza. Vuelo. No hay marcha atrás. El impacto en el líquido elemento es inminente. Me zambulliré como un delfín, porque una no tendrá tipo, pero tiene estilo. Me hundiré en el agua fría. ¡Aaahhh! ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada, o morirás de hipotermia! ¿Porque yo, madre mía? ¡Nada! Lanzo los brazos con desesperación en el alma. Sacudo la piernas como si me quisiera sacudir el agua de encima. Menos mal que si lloro no se nota. Pero eso sí, con estilo y con dificultad para acordarme de respirar. Sé que debo sacar la cabeza del agua alternando el lado derecho con el izquierdo, pero en ese lado siempre acabo por tragar agua. Nado. Uno, uno, uno. Me repito el número del primer largo que me estoy haciendo. Estoy entrando en calor y asfixiándome. ¡Aguanta, nena, tu puedes! Nado más despacio. Acompaso la respiración y ¡sí! Me deslizo por el agua hasta que me encuentro unos pies delante de mi. Freno. De frente viene alguien también. La Sirenita habría pasado por debajo buceando. Como no soy la Sirenita cambio a braza y persigo los pies de un desconocido a distancia prudencial. Por fin vislumbro el borde de la piscina. Llego con cierta entereza, pero no hay tiempo ni sitio para permanecer mucho rato. ¿No querías nadar? Dos. Dos. Dos. En realidad en el primer largo no he hecho un uno en la casilla de crowl. La braza se ha llevado los menos un veinte por cien del largo. Me van a salir decimales. Me estoy rayando. Me aburro. ¿Ya? ¡Ya! Aguanto estoicamente hasta veinte largos. Se me hace interminable. Medio kilómetro es más que suficiente.


    Decidida nado a la escalera más próxima a mis chancletas y descubro que mientras nadaba ha aumentado la fuerza de gravedad fuera del agua. Con rodillas temblorosas recojo mi toalla y vuelvo a hacer el paseíllo hasta las duchas y a los vestuarios y juraría que hace mucho más frío que cuando llegué. Las duchas de los vestuarios no tienen manivela para regular la temperatura. El agua sale sin fuerza y tibia. Enjuagarse el pelo es una odisea. Me pego la toalla al cuerpo y con otra envuelvo el pelo. Toca vestirse sin pisar el suelo con los pies mojados, ni las chanclas o el suelo con los calcetines puestos. Luego viene lo de arreglarse y secarse el pelo, porque fuera hace frío. Y mientras me visto pensando que al llegar a casa me he de desvestir otra vez, un run-run hace presencia en el estómago. Se llama hambre de posguerra y lo produce mi cuerpo al grito de ¡ Devuélveme mis calorías! La carne es débil y me conducirá derecha a la nevera en cuanto llegue a casa, pero por un momento he sido una sirena surcando el agua. Como ya sé lo que es, no tengo muchas ganas de repetir. ¿ Para qué engañarse? Sin embargo, he de volver...